La película hondureña de un exiliado chileno: "Utopía" de Raúl Ruiz


Si cualquier película hondureña ya de por sí es algo raro porque vivimos en un país donde el arte es la menor de las preocupaciones y la más loca de las ocupaciones, Utopía, dirigida por Raúl Ruiz y coproducida por hondureños, alemanes y chilenos, sería la cinta más extraña del mundo, pero las rarezas no se quedan ahí: de ribete es insólita debido a la forma como cuenta su historia, si podemos decir que cuenta una historia. A lo mejor Utopía es una de esas películas que NO nos cuentan varias historias.
Utopía comienza con una secuencia que deja al espectador normal rascándose la cabeza, pero es que Ruiz tal vez no esperaba que nadie, lo cual incluye a los espectadores normales, viera su filme. En esa secuencia, un joven que hace gestos enigmáticos y un sujeto con pinta doctoral intercambian algunas frases en una lengua desconocida ante un vendedor de libros (encarnado según los créditos finales por Eduardo Barr, alias involuntario del prestigioso cuentista hondureño Eduardo Bahr).
El vendedor quiere saber si el extraño idioma es latín y el sujeto con aspecto de doctor le explica que el latín era "la lengua de las clases populares", pero que con el tiempo se "ennobleció" mezclándose con lenguas "importantes, de gran literatura", como el garífuna; mientras tanto, el joven enigmático se baja los pantalones y caga una generosa cantidad de bananos maduros en perfecto estado. El vendedor se escandaliza; el tipo doctoral le pide que se calme, recoge uno de los bananos e invita al vendedor a olerlo, "es excelente", asegura, pero "en 24 horas se convierte en un polvo ligeramente salobre".
Esos son solo algunos de los enigmas y absurdos que van acumulándose en el transcurso de los escasos 68 minutos de duración de la película de Ruiz, pero entre la aparente impenetrabilidad de su argumento, algo nos dice que lo que el director chileno y sus colaboradores hondureños nos están contando (o por lo menos intentando contar) tiene un no sé qué que nos parece vagamente conocido. Al principio da la impresión de ser puro capricho que en el extraño mundo de Utopía el presidente de la república viva en un avión desmantelado y ruinoso abandonado en medio de la selva, que un gremio de vendedores busque los pedazos del cuerpo de un colega desperdigados en los 18 departamentos de Honduras o que la cabeza cercenada de una monja dé un discurso político-religioso desde encima de una mesa, pero entre las viñetas absurdas y aparentemente inconexas que forman Utopía, en el filme se deja escuchar la carcajada envenenada de un autor como el chileno Raúl Ruiz, que usa el humor negro, el absurdo feroz y el sarcasmo para hacer crítica social y política, con resultados variables.
Algunas anécdotas cuentan que Ruiz dirigió su primera y única cinta hondureña para distraerse en el exilio con sus amigos y para cumplir un contrato que le exigía entregar una película. Según dicen, Ruiz y Sami Kafati, su director de fotografía en Utopía, llegaron huyendo del golpe de Estado pinochetista en Chile y el inquieto Ruiz se comprometió con unos productores alemanes a dirigir una película para ellos. Los alemanes le dieron dinero, Ruiz se lo gastó a saber en qué aventuras, y con el poco pisto que le sobró filmó Utopía con ayuda de entusiastas hondureños como el dramaturgo Saúl Toro, los escritores Bahr y Armando García, el pintor Virgilio Guardiola y el futuro diputado pinuista German Leitzelar. Kafati, fiel a su estilo documental y tal vez obligado por las circunstancias y el poco dinero disponible, filmó casi toda Utopía con planos largos de conjunto.
Siempre en busca de aventuras y a lo mejor para seguir huyendo de tiranos y deudas, Ruiz se fue a vivir a Francia, donde con su viveza y talento terminó juntándose con la crème de la crème del cine europeo y gringo. ¿Quién hubiera adivinado en 1976 que los nombres de German Leitzelar y Armando García iban a figurar en la obesa filmografía de Ruiz junto a los de sujetos del calibre de Marcello Mastroianni, Gèrard Depardieu y John Malkovich?

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